viernes, 2 de agosto de 2013

Exonerados.

La generación exonerada


Cuando escribía redacciones en el colegio mi maestra me pedía que acudiera al diccionario cada vez que tropezaba con un significado cuya expresividad se me escaba entre los delgados límites de las palabras. Pero nunca comprendió que el proceso contrario al natural -encontrar el significado de la palabra, para, acto seguido, aplicarlo a una expresión- resultaba casi imposible si pretendía escribir algo más que una simple aproximación a lo que mi mente albergaba.

Sucede, en contadas pero ilustres ocasiones, que podemos hallar primero la palabra y luego toda su significación. Así, como si de una pincelada se tratara, encontré el vocablo perfecto para ilustrar en el título de este artículo mi condición de joven de este siglo: la generación exonerada.

Las palabras son frágiles compañeras de ida y vuelta que a tientas vienen, te acercan y susurran un secreto, o bien te desvelan un misterio a voces, y con la misma cautela, huyen, te prestan la duda entre las manos con una ocasión vertiginosa para deshacer su intriga en mil y una versiones distintas.
Al cabo de varios intentos la propia conversación las sitúa allí, intactas, indemnes, como si la confusión de sus lenguajes y sus perturbaciones no fueran en absoluto con ellas. Tal así es el proceder del ser humano.

Cuando se exonera a alguien de su esencia, no se le hace más enérgico o poderoso, sino más inofensivo, más prescindible: esa persona de tierna orfandad que todos debemos acoger en nuestra familia para después liberarla de nuestro peso. ¿Cómo, entonces, podríamos,-¡sacrilegio!-, recibir con los brazos abiertos al hijo pródigo en nuestro cándido hogar?
¿Cómo podré transmitirle al hijo pródigo que su voz y espíritu me irritan, si ha de cambiarlos para que nada de mi cambie? ¿Cómo podré ofrecerle mi mano si prefiero soltar el lastre, detrás, del fardo de miles de manos que lo empujan hacia el vacío, conducido él solo por su propio vagar ciego? ¡Cómo unirme a su senda, si yo ya tracé la mía, y sus líneas me conducen a la seguridad tácita de un pacto, sellado íntimamente, contra su destino y frente a su destino!
Pues en la ética de las sociedades que vivimos hoy día,  y que desafortunadamente se transcribe en una conducta laboral cada vez más gregaria y venenosa, el líder no es el que sabe unir, sino separar las debilidades de un grupo y enfrentarlas para aislar al nuevo, al extraño. Su camino, una vez separado del resto, es desterrado al silencio, precipitándolo a su extinción.

Quien bien conoce dónde comienza su deber conoce dónde termina el del resto. Exonerados de nuestra virtud, todos nosotros, jóvenes del siglo XXI, somos hijos legítimos de la sociedad del bienestar, e hijos pródigos de la crisis. Todos. Nuestro dharma terminó con la censura de sus propias libertades, con la aceptación cómplice de sus limitaciones, manejada tantas veces en pequeños cenáculos de control y poder. Cumplir este dharma de exonerados lleva a su misma anulación.

Y ese deber nuestro da un último giro movido por la felonía que nos condecora con  un futuro nulo, inmerecido. Un porvenir circunspecto, el mundo adulto en su ocaso más vacío: esta es la recompensa para saciar el viejo principio que somete los primogénitos a la voluntad de sus tutores. Para dejarle paso a ellos, legión del silencio.
Pero ya es demasiado tarde: las palabras me devuelven por escrito gritos mucho más feroces.
Quien tenga oídos para oír, que oiga.

11 de Julio de 2013


jueves, 1 de agosto de 2013

Nayade

Su cuerpo estaba cifrado entre el topacio y la turquesa
Atravesaba mares de mil leguas de fuego
Náyade entre hileras de furias.

A tientas camina a ras de las mareas
Y desprende el olor de los siete vientos.
Organizada pureza
Batiendo lunas y astros 
Transmitida sabiamente a través de los siglos.