martes, 8 de junio de 2010

Llegaba muchas veces cansada, más que agotada, de rendirse por sí sola al tiempo y a sus desvahídos minutos y se preguntaba como medirse a través de las sombras que el sol perfilaba hora hora tarde a tarde en la habitación.
Hiciera calor, frío, siquiera el viento afuera como una huracanada y poderosa valentía, se resistía a salir, a permanecer cerca de las cosas, de los otros sitios, de lo otro, de esa razón por la cual habría remontado el camino, retenido el aliento y el cuerpo agotado, embestido contra el tiempo. Fuera de él, de su espacio.
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Pero allí sentada entre cuatro paredes caladas y más muros envejecidos por una seca humedad, absorvía los primeros minutos de su taza de té, se preguntaba adónde iría hoy. Allí sentada sobre vólumenes y volúmenes de tiempo, siempre en desuso y siempre el mismo, se convertía el reloj en un órgano extraviado que olvidaba el porqué de estar allí, el porque aceptar irse hasta allí.
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Se imaginaba una y mil veces tendida contra el suelo, deseando absurdamente morir de una estocada mal embestida.
A veces las gotas caían a través o contra el dorso de su espalda, no sabía muy bien a qué porción del cuerpo atenerse.
Respiraba al igual que el alma de manera entrecortada y perdida, reubicándose constantemente en una vacía brújula.
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Desconocía ya el olor de sus latidos. no se reconocía en ellos.
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Al día siguiente soñaba con elevarse de sus propias pasos, o bien sus pies, soñaba con verse descolgada de su sombra. Una vez más pensaba en aquellas pausas entre respiración y silencio, que cada minuto de lectura, de escucha, de teclear, era una poderosa substitución de la palabra.
solo cuando se detenían podía observar por detrás su sombra. se acercaba siniestramente a ella. la miraba, deteniéndose, cadavérica, y sentenciaba: ESTAS SOLA.

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