"A quién prefieres-le susurró Casandra-
a la dulce princesa que se acuesta con la luna
y sólo después de limpiarse las gotas de lluvia
se echa a nadar,
o a la concubina de la noche que se descalza, a tientas
entre las brasas del volcán y se funde en ellas
en único e insaciable beso.
Cuida tu elección: a veces, la belleza susurra una canción antigua que no todos saben leer".
Pasaron lunas y estrellas, rondaron sobre la casa del titán
ninfas de luminosos pétalos,
constelaciones nacieron y murieron
engulliéndose a sí mismas
y acaso todos estos milenios
no eran sino el bostezo de un largo sueño.
Despertó a la luz, apenas nació el alba. Allí estaba
Ella, la poderosa, la lúbrica, devota amante del rubí
clavando sus agujas, lenta y penetrante, sobre su
grupa;
dejándole agonizar el suspiro en el gañido,
apretando con dulce desafío
sus bridas.
Y el corcel rebelde y su amazona
rodaron lejos
donde la estepa volvía su rostro y pulmones
a un incendio infinito.
De la herida de la ceniza quiso él alzar el brazo
para encontrar algo donde asisrse en aquel vacío
pero todo era ya pasto baldío.
Tambaleándose sobre sus pasos
quiso apoyarse en sus manos y no halló mas que sombras.
Decidió entonces tantear la tierra con su garras
hasta buscar una fuente de luz
para arrancarla y
beber de sus raíces.
Pero ya nada había fértil
sino tímidos surcos de un cauce seco, esmaltados en seca arena,
vibrante como la luna.
"De qué sirvió-se lamentaba-consacrar los últimos días del universo
entre bramidos y convulsiones de un lecho ayer ardiente
y hoy gélido..."
Sus lágrimas irisaban un sendero claro e insinuante como la silueta de una
diosa,
lejana
y conocida.
Y la otra, la que caminaba a sus espaldas, habló por fin, forjado su cuerpo en nueva
lluvia de plata:
"Abrázame fuerte, retén mi fuente desde dentro de este pecho seco,
¿Cómo pudiste ignorar el canto eterno de la lluvia?
¿Cómo escogiste antes de saciar tu sed
derrotar entre llamas tu cuerpo, antes bastión de estrellas
en simple lecho de luminarias?
Allí donde tu expeliste tus últimos alientos,
entonces cálidas bengalas,
yo soporté tu peso,
espié tu voz en sueños
cuando todos dormían
consacré mi imsonio a tus deseos.
Pero ya nada vale, ahora que, en el último día del mundo
escoges vender tu eternidad
por un minuto de placer".
Así habló,
y las arenas del tiempo
la devoraron para siempre.
Me encanta!
ResponderEliminarCuanto arte hay en Plasencia, dios mío...
Olé aquí tenemos a una buena lectora! un honor recibir un comentario tuyo ! :) qué tal va todo guapa ? un besote virtual ! :*
ResponderEliminarMarian tía, esperamos que algún día saques un libro o algo así! Que vales mucho!
ResponderEliminarolé montse escaladora! pues en eso, en escala infinitésima, estoy, amiga, que la escritura-no de la pizarra-es uno de mis escapes de mi condición kafkiana de profe de escuela...en fin, que agún día algún espíritu buenrollero recoja tus buenos deseos y me toque con su varita mágica...
Eliminar