sábado, 18 de mayo de 2013
CANTO A LAS SIRENAS.
Yo canto a las sirenas que no aprendieron a amar a los hombres en tierra.
Me inclino sobre la barra del bar y trato de buscarlas en el fondo encallado de la botella.
Qué importa ahora si no brillan como tú brillabas: ellas me reciben como luciérnagas devorándome, cadáver de la noche, hembra ebria y distante.
Qué importa si ayer me cantaras la mejor de tus músicas, hoy descifras mejor tu cuerpo vacío e hipnótico como las caracolas.
No entiendo, oh cruel, tu canción. Bajo lunas me dedicaste estrellas, bajo el sol desconozco tu idioma. Desprendes escamas tras tus andares de bronce, pero musitan un lenguaje de temblores fríos y sombras.
No sé cuál es tu mayor enemigo, el petróleo invadiendo tus mareas; o tus cánticos, que adormecen a los suicidas el paso entre la comisura de tus labios.
Anoche te pusiste tu mejor máscara y la adornaste con un surtido de procelosos naufragios. Esta es tu consigna y tu condena.
Yo te devuelvo a la vida con mi silencio. Ya no necesito tu hechizo, la noche posee mejores y más narcóticos efectos.
Escucha ahora tú mi canto, ángel de mis demonios. Ni tú ni yo estamos libres de pecado.
Yo te libero de mis sueños. No desgarres tu piel inútilmente añorando el tiempo que habitamos.
Huye lejos. Siento cómo tu voz envenena los vientos.
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