domingo, 13 de febrero de 2011

#refugio.pecatorum2#

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Ojala fuera así tan fácil desprenderse de las cosas, sobrevolar el tiempo y el espacio con los ojos cerrados, y simplemente cerrarlos o abrirlos al momento para ver terminar y acabar todo de una vez. Pero no bastaba con atravesar aquel pequeño hilo de humo que le separaba de la cama al equipaje, tenía que recorrer todas las millas desde su espina dorsal, adentrarse en las fauces de la mañana y desde allí encajar lentamente sus pasos.

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Recordaba la calle oscura, los tacones sucios, la calle larga y lenta, y la extraña y vaga sensación de arrastrar la oscuridad en las legañas y en los talones, y en el pesado látigo de los párpados, adormilados por el efecto del alcohol y del cansancio.

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Su cuerpo, caído o redimido del cielo, también era una vasta y desértica región del olvido, cuando ahuecaba su cuerpo rendido sobre el de x, ya era tarde, demasiado tarde para las lágrimas o para las caricias. Ya habían consumido todas las energías golpeándose cuerpo a cuerpo la lujuria, esa tensión retenida, y liberada, del uno contra el otro.
El calor, como una húmeda bocanada, embadurnaba los cuerpos ya revestidos de sudor.
Entonces su cabeza se dejaba llevar por el ritmo palpitante de su cuerpo, o más bien se subyugaba al suyo. Ya no era jamás ni el corcel ni el jinete, sino simplemente un campo de batalla donde expirar el último aliento de derrota.

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Una vez le preguntaron que era lo que más le sorprendía y lo que más le indignaba de sus viajes, y la respuesta a las dos preguntas era siempre la misma: las personas.
Podía estar enfrente de un maravilloso paisaje de un violeta infinito, protegida en medio de la absoluta nada blanca de la nieve, y sentir la misma punzada liberadora y asfixiante en el estómago ante la presencia de alguien atroz o fantástico. Si sentía decepción por la humanidad, no era por sus defectos, ni por sus virtudes, sino por el dibujo que proyectaba la sombra de sus palabras frente a sus silencios.

Cuando se postró como simple sombra viviente sobre la inmensidad de aquellas montañas ya nada importaba. Ni la hipocresía, ni el temor, ni la victoria ni la derrota. Ya nada quedaba. La huella que sus huecas palabras dejaron sobre ella. Su cuerpo y su espíritu estaban protegidos tras aquella riqueza viva de kilómetros de verdor, aire, y libertad, cifradas en incontables cadenas de oxígeno, luz, transida la voz antes apagada más allá de la altura que le separaba de la tierra. Parecía como si su cabeza, tan pesada meses atrás, quisiera fundirse leve y para siempre en todas las latitudes que invadía el poderoso horizonte.

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