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No es verdad, nadie puede contarlo hasta que se levanta vivo del suelo y se acuerda de nuevo de cómo caminar. Se cayó una y mil veces y mil veces olvidó qué pie poner de nuevo para emprender el camino.
Quizás sólo una persona supo cómo ayudarla a caminar, y aunque ya en el regreso a sus pasos, aún torpes, se anegaba en lágrimas viejas, esa persona pudo ayudarla.
Lástima que no estuviera también aquella noche.
-No haces más que engañarte, x. No es como tú piensas. No eres buena para él como tú crees que él es para ti. Simplemente te contamina.
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Siempre hay una primera vez, Alberto, siempre hay una primera vez…eso le repetía el que podía decirse su único simulacro de novio, parafraseando las frases de un amigo, allá por sus 18 años. Casi 10 años habían pasado ya. Qué eternidad dios mío.
Siempre hay una primera vez, y mienten los que creen que todo sucede en la adolescencia. La suya pasó como una ráfaga, y con un ritmo galopante de tren descarrilado, derribando puentes, rocas, corrientes rotas, arremolinándose entre guijarros despedazados y trozos de vida, a veces, olvidada, otras, allí amontonadas y tiradas en jirones.
Esos trozos, podrían ser, quizás, la primera vez que le dijeron a la vez guapa y fea, todo de un solo cumplido, cuando recibía los balonazos, escupitajos, insultos, de un lado a otro lado de la calle, de niños, de niña, cuando era o pretendía ser adolescente. Cuando veía como sus amigas salían los sábados pintadas como puertas de una mano de un tipo y de otra de un cigarrillo, mientras ella se quedaba divagando sobre el cosmos, los grupos rock, y la falta o exceso de la existencia de algún dios. Probablemente hubiera conectado mejor una y mil veces con cualquiera de los chicos, de tantos chicos, de tantos temas. Pero quizás su cuerpo, su temperatura, o su constitución, algún material oleoso y quebradizo que lo componía, no le dejaba por alguna razón acercarse al cuerpo del otro.
Aquellos años pasaron y punto. Quizás con la torpe furia de una veleta rota, o bajo el calor de un cascarón roto.
Cuando las lágrimas escapaban, demasiado frecuentemente y demasiado fáciles, en aquel cuerpo de veintisiete años, sentía aún nostalgia y una especie de absurda envidia por aquella niña de quince años.
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(...)
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Cuando se despertaba, en medio de la noche, porque no dormía una vez, sino dos, o tres o cuatro veces intermitentemente cuando sentía aún a su lado el calor de su cuerpo, no le importaba perderle los minutos al sueño, se olvidaba de su piel apretándose en las costuras de la suya.
Creía que en aquel momento sólo importaba ese momento. No pensaba en lo que iba a vivir en la semana siguiente, ver tambaleando vaciladamente su peso como trapo recuperándose de una tormenta sucia y fuerte, con la pesada marea de las sombras tropezando con sus huellas, cuando ya nada importaba, y las cosas y las personas y las palabras eran ya sólo de la misma materia borrosa, y todo se volvía manchas que ocultaban la luz más allá de la noche, cojeando en su propia ceguera.
Entonces ya asistía al tierno espectáculo de sus divagaciones narcótico-etílicas, y posiblemente guiado por la rutina de la desidia, esquivando como un suicida las palabras o devolviéndoselas como un vómito amargo, para que las limpiara y las retocara para él, les diera un gusto y un brillo especial, un ácido para descomponer los últimos minutos de la noche, paseando como dos ciegos que apoyan su brazo en el hombro de otro ciego.
La noche se parecía ya a una procesión de locos y caminaban ya, o dejaban caerse cuesta abajo, con el motor apagado. En punto muerto.
(...)
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