domingo, 13 de febrero de 2011

#refugio.pecatorum4#

A dónde iba? ¿Qué le pasaba? Tenían que cogerla o seguiría corriendo hacia ninguna parte. O peor: diría cualquier cosa. Haría algo descabellado. Corría, corría, como si llevara en el estómago la boca del infierno en plena ebullición, a punto de estallar. No sabía hacia dónde corría ese torrente, sólo sabía que un torrente de lágrimas se le escapaba del cuerpo lejos, ya, en dirección opuesta a la corriente humana.

Al correr, supo detener el movimiento. El corazón, la lámina delgada por donde se escapaba su aliento. El lenguaje del recuerdo. De los recuerdos que intentó sepultar lejos y bien adentro. Sólo entonces deseó con todas sus fuerzas que sus manos fueran las manos de aquel que corría tras de ella, como una llamarada, atravesando la ciudad con una pistola y el cerco sediento de su sudor unido a ella.

Pero no logró detener su cabeza. Cuánto hubiera deseado sujetar el arma. Empuñarla. Disparar y acabar con todo. Colocar el borde de su cabeza allí también, clic, estallar. Estallarnos los dos otra vez. También allí en su cama, despedazados. Jirones de carne exhalando agónicos sudor, alcohol, y ansia.



Noviembre 2010

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