martes, 10 de enero de 2012
RAÍCES AL CIELO, RAÍCES A LA TIERRA
raíces al viento, raíces al cielo
vía próxima_estación_saudade de Marián el 24/12/09
Mi hermano me preguntó cuando me vió, en mi regreso, qué era exactemente lo que yo escribía en mi blog, de dónde venía. Yo le dije honestamente que eran cosas que tenía que sacar de mi cabeza, sobre todo después de una fuerte "eclosión" neuronal de este verano, y que yo he ido alimentando con reflexiones, prosas poéticas, poemas de aquí de allá, de hoy y de entonces.
Hoy me he disculpado, primero, no sé a que quién, supongo al depositor de mis fracasos y hallazgos de este verano, o después quizás al viento o a el infinito silencio de los montes pelados de Plasencia; me he disculpado mil veces por no haber sabido gestionar mis sentimientos, predecirlos y hacer algo positivo, pero cuándo, cuándo el interior de la caja de música que nos movía ya estaba rota y desafinada y cada una tocaba obsesionada la misma triste canción...
Nadie comprenderá estas palabras, este sentimiento de culpabilidad y la incapacidad inexplicable de una filóloga adicta a las letras para decir lo siento o te quiero. Nadie comprenderá la amarga ternura que produce cuando sólo te queda en el esqueleto de tu alma las añoranzas de lo que no fue, del fracaso abrazado cálidamente entre mis manos a punto de caerse y romper.
Nadie estuvo allí, escucho allí, tocó allí, habló desde allí, como yo. Nadie nunca lo verá, le verá, como yo.
Desde el ojo de buey del científico pragmático, o el ilusionista de medidas efímeras para el olvido y comfort que es el psicólogo, sólo se ve mi papel de amante patética, y de inexperta caperucita roja perdida en su propio camino a casa. Es decir, se ve, poco, poquito, lo esencial, ni el comienzo de una página rasgada de un relato aún inacabado.
Desde mis ojos, aquí apoyados en la vuelta a casa, a la vez calmados y sorprendidos de las pocas convulsiones que produjo el regreso, paseo otra vez por los mismos sitios, pisoteo las sombras y luces de ayer, escondo las lágrimas al viento, grito casi reprimido un lo siento, o un qué, por qué, qué hice mal... Se rememoran cada palabra teñida de dolor, arrepentimiento, sufrimiento, como un sello de sangre mal destilada. Todo ese tesoro magullado lo guardo yo, y nadie más que yo es consciente de lo inflamable y corrosivo, y a la vez adictivo, de su atesoramiento.
Se siente latir las calles con un ritmo más lento y pausado. Los colores, los ritmos y ruidos se han difuminado y pausado sus tonos y matices en el ambiente y el ruido de las voces y vaivenes de los paseantes. Se escucha la voz, de los otros, de los amigos, de los queridos, como un eco lejano y una caricia suave cerca del oído. Se dan los pasos con el ritmo de antes pero sin la tensión agonizante del después, que será después.
En dos minutos, y tres horas de viaje, y tras tres meses, he pasado de la añoranza del recuerdo, de lo petrificado que quedó de la memoria, a salvaguardar un estado aparente de estabilidad e impasibilidad alucinantes.
Aún creo observar en este invierno blanco, tras la cortina helada que cubre los senderos, un verano dormido tras la estación del frío, una estación de calor se esconde en el invierno. Despiertan las calles que paseamos, los caminos que cruzamos, las calles que tomamos o coincidimos por azar o error; la luz, transida de ámbar, que atravesaba las hojas y la hierba, cálida, amansada, dócilmente.
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