martes, 10 de enero de 2012
ATERRIZAJE
Cuando llegué mi habitación se me figuraba pequeña, como la de una especie decaja de muñecas que se hubiera independizado de su hogar de juguete y regresara extrañada al lugar donde comenzaron los hechos-y los deshechos- de su vida...-
Mi madre había "reorganizado" algunos dibujos, libros y demás ocurrencias inútiles que guardo aún no sé a qué fin, aquí y allá, pero con todo el pequeño cuarto inspiraba un ambiente de bienvenida amable, el reflejo cándido de lo que deje antes de irme, un poco de marián aquí y allá, antes de la experiencia, aún emergiendo de la estación de la inocencia.
Las dimensiones de lo pequeño me extasiaron y a la vez me perturbaron, dulcemente, en el interior de mi cuerpo y cabeza cansados: esa camita de niña pequeña, la altura de los muebles, adaptada al brazo extendido de una colegiala, esos dibujos, fotos, frases auto-ayuda repartidas aquí y allá como hojas perennemente unidas a la vegetación de los muros, las paredes desnudas como rostros vírgenes por describir...
Qué pequeña era y qué grande, qué llena me sentía en aquel momento... todo lo que yo soy cabía en aquel espacio mínimo de cuatro paredes, o al menos lo intentaba...
Los mensajes de entonces, como si quisieran aún completar el relato de sus enseñanzas, retomaban su eco en mi mirada, y recorría orgullosa los poemas, fotos o recortes que vestían años de mi infancia y adolescencia. Y hablo sólo de tres meses, pero multiplicados por los kilómetros recorridos en la distancia hacen toda una vida.
De repente comprendí que la madurez se asienta sobre la fidelidad a las raíces de uno mismo, es decir, a las raíces de su inocencia. Que sólo uno puede ser aútentico y madurar, sin heridas, si acepta y aprende a preservar lo más radical e íntimo de su pequeñez...
Cuando paseo las calles, desprendida de las miradas que imagino, las sombras que me persiguen desde lo más recóndito de mis miedos, los encuentros imposibles e imágenes que atraviesan aquellos pasos o tropiezos dados con ciega insistencia, desde fuera, desde adentro, que cada vez más rápido surgen disparados o contenidos,... cuando paseo las calles, pasada mi inquietud y alborozo del primer momento, recupero la callada pisada de Alicia en pos de las imaginarias baldosas amarillas, recobro de nuevo la inocente serenidad del colegial asustado en el primer día de colegio.
La delgada línea por la que camino, a veces, se sostiene por una firme raíz que va desde mi corazón al destino que eligan mis pasos. Ya no existen entre ellas ni aduanas ni fronteras. El límite está sólo en el tiempo, lo que decidan mis pies ya no está medido por mis temblores, sino por la solidez de las pisadas de una pequeñita mujer que va creciendo poquito a poquito, lento lento, acurrucadánse azorada en su cuerpo de veintiséis años .
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