Al cerrar los ojos
había visto desfilar
cadenas interminables de júbilo
antes de la última llamada
la cantinela de una sorda serenata susurrada
al calor de una llamarada apagada.
Alcanzan las notas un sonido que apenas
el oído puede tocar,
y en cada tono, y en cada movimiento
aproximan el aire a su luz.
El tiempo se reescribe con vocales invertidas
y las palabras con minutos enmudecidos.
Observa que al cerrar sus labios
se vuelven videntes los ciegos
sabios los necios
bellos los uraños
qué poco hace falta
para fingir un sueño.
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