viernes, 19 de abril de 2013
Posesiones
Yacíamos zenitales consagrando nuestra piel al sol. El loto de nuestros labios plegó una vez más los párpados.
¿A qué sonaba aquella canción lejana de despertar?
Apenas cerró el silencio su túnica, bajo el durazno del terciopelo, la tarde dio paso a mis manos, mientras desvanecían, ensortijadas, las colillas en mis dedos.
Algunas veces corversábamos así, cabezas desmadejadas de bóvedas y lunas, con la misma consistencia que un tigre embarcado en un tranvía llamado anochece.
Apoyábamos nuestras cabezas, a un lado laguna, del costado; oro y llanuras, y nos dejábamos embriagar por el tránsito de colores y humos que se desprendía de la trayectoria de una calada.
Muy tarde, más tarde, soñé con invadir de amnesias el sedal de mis sueños.
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