viernes, 19 de abril de 2013

Noviembre

 
NOVIEMBRE son meses que caen como desfallecen copos de nieve, hojarasca y lluvias.
Un aliento frío escapa a otro cálido, y así, en mortal y disciplinada agonía, levantaba el vuelo Sam cada mañana para acudir al encuentro de su madre, a la salida de la fábrica de tejidos donde trabajaba.

Eran más de las cinco y aún no aparecía. Sostenía su maletita gris con la esperanza de ver cesar la lluvia y reaparecer a su madre con la misma esperanza.
Espero minutos y minutos, horas que fueron sucediéndose al desaliento, mientras contemplaba como la pequeña maletita de cartón se desplomaba en un charco parduzco y cenagoso.
Despertó con los primeros rayos de la mañana. Sus ropas estaban aún húmedas pero la tenacidad del sol le obligó a levantarse y seguir con la intuición ciega de un sonámbulo, el camino que llevaba a la última línea del tranvía; camino que jamás osaba cruzar sin su madre por lo agreste de aquel paisaje que conducía a los arrabales del viejo barrio donde confluían la estación de trenes y el terminal de tranvías.

Cuando llegó por fin al cabo de la línea se dio cuenta de que el término de las vías se parecía más a una ciudad abandonada que a una parada de trenes.
Lo único perceptible en medio de aquel paraje inhóspito era una maleta de cartón intacta, réplica exacta de la que le pertenecía.
Se acercó al banco del cual se apoyaba tímidamente, y la abrió, embargado de temor y ansia.
Dentro había una foto que mostraba la imagen de un señor algo más joven que su padre al fallecer,  del que podría jurar un extraño parecido consigo mismo. A su lado permanecía, sosteniéndola con su mano abierta en actidud erguida, una vieja hamaca como la que utilizaba su madre para leerle cuentos todas las noches. Pero en su lugar, no había nada más que una pequeña nota  que delineaba el siguiente mensaje: ESPERÁME EN LA OTRA VÍA.

Con un estridente clamor de gas y electricidad, Sam se estremeció dejando caer la maleta y su contenido;  y sin contener el aliento, vió desfilar ante sí hileras incesantes de vagones de tranvías y trenes en procesión discordante; hasta desfilar a ambos lados de las vías.

Reapareció la figura de ella, envuelta en vapores de humo y brumas, pero  más bella y rejuvenecida de lo que jamás recordara, como aquella mañana en la que se despidieron en la terminal.
Le saludaba tranquila y lejana. Sam se aventuró a atravesar aquella red felina y áspera de vías en dirección a su destino.

Cuando le faltaba una leve exhalación de sus dedos para rozarla, se desvaneció de repente como la corriente de humo que la transfiguró, y en su lugar encontró la maletita con otro mensaje dentro, esta vez el único y último: NO TE DEJES ENGAÑAR SAM, RECUERDA QUE DEBES SOÑAR FUERTE ANTES DE AFERRARTE A LAS BRIDAS DEL TIEMPO.

Sintió un golpe brusco de luz en la cabeza. Al golpe de luz le sucedió una sacudida de voces y clamores que se agolpaban por despertarle de su ensimismamiento. Llevaba toda la noche allí insconciente, con los bordes del uniforme de trabajo encharcados por el fango de la lluvia. A pesar de que lo zarandeaban a uno y otro lado para que volviera en sí, no se desprendía de su intemporal maleta de colegial, ya convertida en una pasta de papel y cartón enmohecidos por la lluvia.

No era la primera vez que rehacía, a pasos sonámbulos, aquel camino de vuelta del antiguo colegio de la infancia hacia el taller donde falleció su madre, años atrás, poco después que su padre.

Otoño son compañías de ocres, y nubes pardas, y el trasiego perezoso de luces pálidas sobre otras más nacaradas, quizás para recordarnos el leve paso de la placidez a las lluvias, o quizás simplemente para despertarnos de nuestro anonadamiento.
Bajo el sutil anuncio del atardecer, la ventana dejaba escapar sus primeros y lánguidos hilos.
Apoyaba dulcemente la mano sobre su rostro, recubierto en cartoné ya ajado y ocre. Allí estaba sentada, saludándole desde el otro lado de la vía, cotidiana, pacientemente, como cada mañana en la parada del tranvía que conducía a la fábrica.

Qué hermosa, eras, madre, -se decía- papá juraba que al tomar aquella foto conseguiste borrar las vaharadas del vagón en un sólo gesto.

Desde entonces  esa mano siempre le enviaría un saludo que no conocía despedidas;  cualquiera que fuera el movimiento del viento y sus estaciones.

 

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