
Nunca fuimos Lolitas.
Nunca me enseñaron.
Esperabas taciturna a la salida del colegio
la caída de la tarde
acompasada por una rancia melodía
de domingo.
Conocía las inusitadas ventajas
del camuflaje grunge
Sostenía con flaqueza
el rouge à viernes de mis amigas
y con tenacidad
la cortina de mis pesadas pestañas
alicatadas en insomnios y dudosas
nociones de desamor.
Nunca, casi nunca concebí la idea de ensañarme
con ellos,
patéticos simulacros de efebos
gimiendo a puerta cerrada
las palabras
mágicas
que te transfiguraban de la nada
en mujer
o del todo en una puta.
Ahí estaba. Aquí estoy.
Tras el traje de luces
atisbo por última vez
la noche del cazador.
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