martes, 10 de enero de 2012

ACORTANDO HILOS


Hilos que tejieron tantas heridas, hilos que separaron tantos años y los desvelaron en un instante como cartas de una baraja vieja y ajada, sobre esta mesa en la que nos sentamos, todos, frente a frente.


Presumo, para mal o para bien, que aprendi a sacar aquellos hilos de su escondite hace poco tiempo, y que su aprendizaje se me figuraba cansado o tedioso cuando a uno u otro lado del campo de juego-o de batalla-recibia un día más aldabonazos y una día, más pisadas graves, graves notas que iban convirtiendo la melodía en pisotadas y patadas acechándome en todas mis movimientos.


No sé si os he hablado alguna vez en este pequeño rincón de esa sensación, de ese aliento ahogado que deja seca la voz cuando quieres gritar mucho y muy hondo pero no te llega más que a un gañido ronco porque a tu alrededor aprietan bien fuerte tus cuerdas y las desafinan con un tesón fascinante. Mientras los otros ocupan su auditorio con su concierto de lamentos y lágrimas se te figura tu dolor un simple divertimento para adolescentes, el escozor de una herida aún no lamida.


Levantando tras de mí dias y años, noches y horas contadas desde atrás para adelante y desde el final hacia el comienzo; tejí hoy, voy tejiendo poco a poco, mi pequeño campamento nómada de sentimientos enterrados. Van saliendo poco a poco como hormiguitas en fila india, se escapan primero del brillo de mis ojos a mi boca, pasando por la comisura de mis labios hasta sostener debilmente, pero pertinaces, el hilo delicado de mi voz. Parece una aútentica obra de arquitectura visceral todo este sorteo, a veces magistral, otras tímido y patetico, con toda su humilde talla, a pesar de las dimensiones monumentales de aquellos que vencieron galerías y galerías de oscuridad.



Desfilan sin quererlo, pasos ligeros de mi existencia dados a veces con templanza o el aplomo del joven abigarrado e inexperto que con la misma hambre de caer emprende el camino para devorar lo desconocido.


Entonces, en ese sutil momento, me encuentro vestida de la piel del paseante nómada que, cansado de su viaje, pero seguro de su destino, observa el resultado de sus lentas pisadas.



Tras kilómetros y kilómetros de huir de sí mismo y edificar un perfecto simulacro de agonía, se encuentra finalmente con un reflejo de sí mismo en los demás. En sus gestos. En sus lágrimas, en su huella.



Entonces aparece la luz de mis gestos. Sus lágrimas. Su huella antigua.



Dejar pasar las heridas mientras se levantan de la nada del viento que las sacude y remueve como agua pasada, como un tétrico escenario de golpes, barruntos y puntapiés en la cara, en las espaldas, en la boca, en las tripas, un carrusel desvencijado de la memoria que se alza ahora delante del presente,monumento de rostro impávido después de horas callado escuchando mis diarios, en versión milimétrica, y dosis concentradas.



Somos eso, artesanos de nuestro presente, que levantamos escaleras y edificios imposibles de los mismos guijarros que nos arrojaron a la cara ayer.



Por eso cuando descanso del largo viaje, catapulto mis zapatos y mi abrigo al vacío después de la vuelta a casa, me siento con ese cansancio orgulloso de los manipuladores del barro, madera o piedra, que observan el final de la obra con esa sonrisa agridulce y victoriosa que firma el final por encima de las inclemencias y derrotas del pasado.

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